Más de un centenar de organizaciones humanitarias internacionales han encendido las alarmas: una hambruna masiva está en curso en la Franja de Gaza. Mientras el mundo debate cifras y responsabilidades, miles de civiles —incluidos niños— se debilitan y mueren por falta de alimentos, agua y medicinas.
La tragedia no es nueva, pero sí es cada vez más brutal. Desde el inicio de la guerra en octubre de 2023, tras el ataque de Hamas en suelo israelí, la respuesta militar de Israel ha dejado más de 59,000 muertos en Gaza, la mayoría civiles, según datos respaldados por la ONU.
En los últimos días, un hospital gazatí reportó la muerte de 21 niños por hambre en apenas 72 horas. Las ONG como Médicos Sin Fronteras, Caritas, Amnistía Internacional y Oxfam advierten que la situación se ha descontrolado. Denuncian que toneladas de ayuda humanitaria se mantienen bloqueadas en almacenes dentro y fuera del enclave, mientras la población se consume lentamente.
Aunque Israel afirma estar permitiendo la entrada de suministros, las restricciones, la burocracia y la inseguridad en los corredores humanitarios han convertido la asistencia en una carrera imposible contra el tiempo. Por su parte, Tel Aviv acusa a Hamas de robar los víveres para lucrar en el mercado negro o utilizarlos con fines militares.
La Fundación Humanitaria de Gaza (GHF), respaldada tanto por Estados Unidos como por Israel, también apunta a Hamas como responsable del colapso, aunque evita responder sobre su propio rol en la gestión de los recursos. Lo más grave: el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU acusa al ejército israelí de haber matado a más de 1,000 personas que buscaban ayuda cerca de centros de distribución de GHF.
El llamado es claro: cese al fuego inmediato, apertura total de fronteras y libre circulación de la ayuda humanitaria. Las palabras no bastan. Cada minuto sin acción es una sentencia de muerte para los más vulnerables. Gaza no solo está bajo fuego. Gaza está muriendo de hambre.




