Una criatura pequeña, orejona y con sonrisa inquietante se ha apoderado de TikTok y del mercado global de juguetes: Labubu, nacido del universo del artista hongkonés Kasing Lung, es hoy una sensación entre millones de jóvenes, coleccionistas e influencers.
Desde que la marca Pop Mart lanzó sus figuras en versión “blind box” —cajas cerradas donde el contenido es una sorpresa—, el fenómeno no ha dejado de crecer. Los videos de desempaquetado, vitrinas personalizadas y escenarios miniatura invaden las redes sociales, acumulando millones de visualizaciones y reproducciones en plataformas como TikTok e Instagram.
El éxito ha sido tan arrollador que celebridades como Lisa de Blackpink o Kim Kardashian se han sumado al fenómeno, disparando el valor de reventa de ciertas ediciones limitadas. La empresa china ya ha duplicado sus ingresos y planea expandirse en América y Europa con tiendas físicas.

Pero detrás del furor hay también alertas. Autoridades del Reino Unido han decomisado cientos de Labubu falsificados por riesgos de seguridad para niños. En Asia, algunos gobiernos consideran que las dinámicas de venta en directo podrían asemejarse a juegos de azar, y expertos advierten sobre adicciones vinculadas al deseo de “completar la colección”.
Incluso han surgido teorías inquietantes: algunos asocian su imagen con simbología demoníaca, y varios sectores critican la explotación del “cute horror” (terror adorable) para generar apego emocional y consumo compulsivo.
Más que un simple juguete, Labubu se ha convertido en un fenómeno cultural, social y económico, que expone los mecanismos de viralización, el impacto de los influencers y los nuevos hábitos de consumo acelerado por las redes sociales.




